Cornelio, abrumado por el arrepentimiento del trato dispensado a Lucrecia y por la presión de tener que abordar el tramo final de su misión, se muestra más susceptible y arbitrario que nunca.

Larmis y Britannicus le dejan hacer en silencio, el uno escarmentado por un pasado de servidumbre y el otro superado por la responsabilidad no deseada que le ha supuesto su ascenso.

Acompañados de Manio y el Dacio, los cinco cabalgan hacia Anks Muth dónde les aguarda un inesperado recibimiento libre de toda presencia nubia y una invitación que, desoyendo la opinión de Pompeyo y Larmis, Cornelio acepta gustosamente.

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